Mi madre me dijo que, dentro del pecho de los hombres, habitaba un bosque de hierba seca y, que nosotras, somos aves de fuego. Arder y volar fue mi doctrina después de probar en la jaula la libertar, y de tanto ver el firmamento aprendí que nadie hiere a las nubes, porque cambian siempre su forma en el mismo cielo.
Pero
alguien, alguna vez, me abrió su pecho con la algarabía de quien abre un
establecimiento por vez primera y su baile de coloridos globos hipnotizaron mi
mirar. No pude contener mi hambre de lumbre pues sus dedos temblaban como un vaho luego de hacer silbaba al viento,
mientras en el roció de su cuerpo mi gemino germinaba. Aunque él confundió
anidar con incendio.
Alguna vez, ese alguien, como
un conjuro u oración a algún Dios, hizo que sus palabras cruzaron el puente de su boca
para desembarcar en mi oído:
Niña
en tu mirada canta del cenzontle
y
si en mi cuello hay llagas
es porque labios tiene el filo de la lanza
que mis antepasados tenían en mano cuando murieron
en la entrada de Tlaxcala
Y en el alba de los miedos, arrope mi chispa en ese bosque seco que guardaba como un secreto, para transformarlo en un campo de noche buenas de pétalos de fuego, que al amanecer dejaría una alfombra nocturna sobre su piel. Puede ser que tenga quemaduras la mano que escribe este dictado.
Porqué sé que él confundió anidar con incendio. Pronto me iré como pasajera que soy. Pues aprendí de las nubes ser migrante de ser forma constante, de corazón en vuelo y de nunca pertenecer a un solo cielo.
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